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Las personas, comunidades cristianas e instituciones que nos
adherimos a este Manifiesto nos comprometemos a dar un nuevo impulso
para vivir y proponer la fe con los jóvenes y las jóvenes de hoy.
Por eso:
1) Adoptamos una
mirada positiva y esperanzada
hacia este mundo y hacia el momento que nos toca vivir: un mundo y
una época que Dios ama. Inspirándonos en la Gaudium et spes del
Concilio Vaticano II, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y
las angustias de los 'jóvenes' de nuestro tiempo, sobre todo de los
pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de 'los acompañantes de jóvenes'. Nada hay en
'la cultura juvenil' que no encuentre eco en nuestro corazón”.
2) Estamos convencidos de que
el futuro no es incierto, es de Dios.
Nos disponemos a vivir más abiertos al viento y a las sorpresas del
Espíritu, que nos precede y prepara la ruta de los jóvenes. Dios ama
a los jóvenes y nos habla en ellos. Somos muchas las personas y
comunidades cristianas que vivimos con pasión y gratuidad la
evangelización de los jóvenes. Somos enviados para estar, escuchar,
acompañar y amarles. Somos citados a explorar con ellos la sabiduría
y los signos de Dios a través de sus tiempos y de sus culturas.
Queremos ayudarles a prestar atención, a tomar conciencia y a acoger
una Presencia que ya habita en su corazón. Sólo podemos abrirnos a
los jóvenes partiendo de ellos mismos e iniciando una comunicación
libre y en plano de igualdad. Un joven nos ha formulado un deseo en
el Forum: “No quiero que se haga nada sobre nosotros sin contar con
nosotros”.
3) Estamos convencidos de que
Jesús es el centro.
Jesucristo está vivo en medio de nosotros. Queremos presentar con
nuestro testimonio y nuestra palabra a Jesús, respuesta creíble y
completa para los jóvenes hoy. Nuestro horizonte es poder decir como
san Pablo “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). El papa Benedicto
XVI nos confiesa y enseña: “Cristo no quita nada y lo da todo”.
4) Estamos convencidos de que
todos somos necesarios.
En la Iglesia cabemos todas las personas. Nadie sobra. Nos
necesitamos. Estamos urgidos a la comunión en la Iglesia local,
presidida por el Obispo. Para eso, hemos de mantener y recrear
nuestras identidades, relativizar modos y estilos, poner en juego
los dones y carismas y trabajar en red. La fuente viva de la
comunión es la Eucaristía: participando del mismo pan, todos
nosotros formamos un solo cuerpo que queda expresado en múltiples
miembros que enriquecen a la Iglesia y al mundo. La comunión es la
entraña de la misión. Juntos nos ponemos en misión con los jóvenes,
lo que nos exige respuestas audaces y renovadoras en el seno de la
Iglesia.
5) Nos comprometemos a
promover comunidades cristianas
que susciten y acompañen el proceso de las personas jóvenes.
Que les busquen, les acojan en su realidad concreta y les propongan
explícitamente el evangelio de Jesucristo que llama a la
fraternidad.
6) Nos comprometemos a
alentar una pastoral de la fe.
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran
idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona,
que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva” (Benedicto XVI, Deus caritas est). Deseamos partir de la
experiencia espiritual que los/as jóvenes ya viven, recuperando la
interioridad como camino que conduce al reconocimiento del amor de
Dios en nuestras vidas. Buscamos que los jóvenes descubran su
vocación, construyan su identidad personal, fijen los ojos en la
Palabra de Dios, celebren con sabor de fiesta su fe, vivan
apasionados por la justicia y la solidaridad, estén presentes en los
ambientes juveniles, dialoguen con otras culturas y religiones… Nos
abrimos a nuevos lenguajes sobre Dios que ayuden a que los jóvenes
narren las huellas de Dios en sus vidas.
7) Nos comprometemos a
vivir con un corazón samaritano.
El ejercicio del amor solidario es un buen camino para encontrar o
recuperar la fe. Los jóvenes necesitan tomar conciencia de su
responsabilidad hacia quienes sufren la injusticia, la enfermedad y
la soledad, el racismo y la exclusión, la falta de oportunidades y
el aislamiento social… Un corazón transformado por la solidaridad es
un corazón abierto a los caminos del Espíritu. Así se consolida la
construcción de un mundo nuevo y de un cuerpo universal.
8) Queremos compartir la alegría de la fe con todos y todas las
jóvenes: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que
también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1 Jn 1,3). Con
ellos y desde ellos, el Espíritu nos invita a esbozar la Iglesia del
mañana. Una Iglesia que acoge con el corazón agradecido la
invitación del Papa Benedicto XVI a los jóvenes del mundo entero a
celebrar su fe en la próxima
Jornada Mundial de la Juventud
que tendrá lugar en Madrid en agosto de 2011, donde todos podamos
explicitar la afirmación de su antecesor Juan Pablo II: 'Vale la
pena dedicarse a la causa de Cristo'. En este caminar nos sentimos
acompañados por María, nuestra Madre, fiel modelo de discípula para
todos.
Madrid, 9 de noviembre de 2008 |
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Dios habla al mundo de muchas formas,
pero el hombre es sordo a su voz...no lo oye en el anciano, en el
carnaval, en el niño llorando, en el amanecer, en la mujer
maltratada... Esta página nos ayudará a reconocerle en el silencio
del ruido y en el bullicio de la vida. Nos hará sonreír y temblar;
mirar al frente y sentir a Dios.
Hoy es domingo, y Paco se ha levantado
algo más tarde. Aunque, en realidad, da igual, porque no es capaz de
dormirse mucho tiempo. Se ha levantado, se ha puesto la ropa de los
domingos, y apoyándose en su bastón se ha acercado a la cocina a
desayunar
La casa está aún caliente, pese a que
la calefacción está apagada desde la noche. Aún así, y quizás porque
de la calle entra la luz fría por las ventanas, se ha abrigado bien,
ha cubierto bien sus muchos años y sus miembros cansados y
arrugados, y sobre el poco pelo blanco que le queda se ha colocado
su boina, aunque sea para estar en casa. Y así evita que el calor se
le escape por la cabeza, y también los casi ochenta años que ya ha
vivido.
Y con andar trémulo, poco a poco, se
acerca a la ventana, donde pasa la mayor parte de la mañana, donde
su día cobre sentido. A tres pies (el tercero es la garrota) y
lentamente, como no queriendo llegar, va a la ventana que da a la
calle principal. Allí tiene su silla, con su almohadón rojo de
ganchillo que le hizo su mujer. Y allí se sienta y mira por la
ventana…
Esta noche ha llovido, piensa,
mientras mira las aceras mojadas. Por su calle bajan niños
corriendo, van a Misa. Y un rato después, bajan las mujeres.
Mientras tanto suben coches, entre ruidos y prisas. Y vuelve a pasar
más gente… Niños que corren, hacia arriba y hacia abajo. Hombres que
bajan a echar la partida fumándose el puro de todos los domingos…
Y Paco, dentro, conoce todas las
caras, conoce cada rayo de luz y cada gota de agua que se posan en
su ventana. Pero, dentro, él es feliz.
Y eso que sabe que nadie mira hacia
él, que a nadie se le ocurre que está solo siquiera por saludarlo.
Piensa en sus hijos, en sus nietos. Por todos ellos reza, desde su
ventana. Pero no se le caen las lágrimas.
Por eso Paco se asoma, todos los días, todas las mañanas, a la
ventana. Por no rendirse, por luchar por no apagarse, por vencer.
Paco espera. Todos los días. Paco no se rinde.
Algún día, él lo sabe, alguien se
acordará de él, alguien le pedirá que abra su ventana, que abra la
puerta y le deje entrar en su casa. Paco cree en el Dios de los
ancianos… Y cree que es el Dios de todos, y que a nadie deja solos.
Él vendrá a visitarle, en su nieto, en su vecino, en sus hijos. Y
por eso espera…
Hoy, que es domingo, yo voy a ir a
esperar con él. |