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2. Pablo y Esteban.
El celoso mantenedor de la Ley
Pablo, el Pablo que admiramos
y queremos tanto, avanzaba en la vida y no acababa de digerir un grave
remordimiento, como lo expresa de muchas maneras en sus cartas:
“¡Yo no soy digno de ser
llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios” (1Co 15,9).
“Con poderes recibidos de los
sumos sacerdotes, yo mismo encerré a muchos santos en las cárceles; y
cuando se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto.
Frecuentemente yo recorría todas las sinagogas, y, a fuerza de castigos,
les obligaba a blasfemar; rebosando furor contra ellos, los perseguía
hasta las ciudades extranjeras” (Hch 26,10-11)
“Fui un blasfemo, un
perseguidor, un insolente” (1Tm. 1,13).
A pesar del perdón total que
le había otorgado Jesús, no olvidaba Pablo la tragedia que él desató -al
menos fomentó- en la Iglesia naciente, como lo vamos a ver ahora.
Al principio, la Iglesia de
Jerusalén vivía en una gran paz, aunque los apóstoles fueran llevados
alguna vez a la asamblea de los judíos, el Sanedrín, encarcelados y
azotados… Pero la cosa no pasaba de ahí.
Lucas nos describe
idílicamente la vida de la primitiva Iglesia de Jerusalén.
“La multitud de los creyentes
tenía un solo corazón y un sola alma”.
“Todos se reunían con un
mismo espíritu en el Templo dentro del pórtico de Salomón, y el pueblo
hablaba de ellos con elogio, aunque ninguno se metía entre ellos”.
“También una buena cantidad
de sacerdotes iba aceptando la fe” (Hch 4, 5 y 6).
Estos sacerdotes no
pertenecían a los sumos sacerdotes del Sanedrín ni tenían altos cargos
en el Templo, sino que eran levitas sencillos, los sacerdotes de menor
categoría, los “Pobres de Yahvé” que esperaban el Reino de Dios. Y no
era raro que entre los creyentes hubiera muchos fariseos de buena
voluntad.
Hasta que un día saltó la
chispa de la discordia entre los creyentes y no creyentes griegos
venidos de la diáspora.
Porque la Iglesia de
Jerusalén no estaba formada solamente por judíos palestinos, sino por
otros muchos venidos de fuera.
Estos judíos griegos o
helenistas tenían sus sinagogas propias, como los Libertos, los
Alejandrinos, los Cirenenses, los de Cilicia y demás…
Los helenistas que habían
abrazado la fe eran los mayores contribuyentes del crecimiento de la
Iglesia, que iba ganando cada vez más adeptos, muy fieles a Dios, pero
también muy libres respecto de las costumbres judías mantenidas por los
escribas y fariseos.
Uno de estos fieles
helenistas era el diácono Esteban, gran conocedor de la Biblia,
predicador elocuente, dotado por el Espíritu Santo con el don de
milagros.
Pablo pertenecía a la
sinagoga de los judíos griegos de Cilicia.
Con sus propios ojos veía
cómo crecía tan peligrosamente aquella secta de los discípulos de Jesús
el Nazareno, crucificado, y, por lo mismo, un maldito de Dios según la
Biblia (Dt 21,23), y del que decían que había resucitado.
Era cuestión de tomar cartas
en el asunto, y los ojos de todos se dirigieron antes que a nadie a ese
Esteban que realizaba tantos prodigios (Hch 6,8-15; 7,1-60; 8,1-3).
Lo citan a discusión judíos
de aquellas sinagogas griegas, entre ellas la de Cilicia, la de Pablo,
“y se pusieron a discutir con Esteban; pero no eran capaces de
enfrentarse a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba”.
Los judíos de esas sinagogas
griegas, se dicen:
-¿Qué hacemos? Con éste no
vamos a poder, aunque tenemos que acabar con él, el más peligroso de
todos. ¿Por qué no lo llevamos al Sanedrín?...
-Sí, sería lo más acertado.
Pero hay que acudir con una acusación concreta. ¿Por qué no escogemos a
dos, que vayan y depongan en el proceso? Podrían decir, por ejemplo:
“Hemos oído a éste pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra
Dios”…
Efectivamente, así se hizo.
Amotinan primero al pueblo, el cual arrastra a Esteban hasta el Templo
donde se había reunido el Sanedrín.
¡Y declararon los falsos
testigos igual, igual que en aquel proceso de Jesús ante Caifás, el
mismo sumo sacerdote que preside hoy!:
“Este hombre no para de
hablar contra el lugar santo y contra la Ley, pues le hemos oído decir
que Jesús, ese Nazareno, destruirá este Lugar, este Templo, y cambiará
las costumbres que Moisés nos transmitió”.
La acusación era gravísima.
Los del Sanedrín y todos “clavaron los ojos en Esteban y vieron su
rostro como el rostro de un ángel”.
El acusado improvisó el
discurso de su defensa, trayendo toda la historia de Israel, pues, igual
que Pablo, se sabía la Biblia de memoria.
Todos callaban, aunque se
recomían por dentro, pues adivinaban hacia dónde se dirigía.
Y no se equivocaban. Al
llegar a Jesús, se descolgó Esteban con una terrible acusación:
“¡Duros de cerviz,
incircuncisos de corazón y de oídos! Igual que vuestros padres, así sois
vosotros. Ellos mataron a los profetas que anunciaron la venida del
Justo, de aquel que ahora vosotros habéis maldecido y asesinado”.
No podía el Sanedrín con su
rabia al verse acusado de la muerte de Jesús.
Arman todos un barullo
enorme, y llega al colmo su furor cuando Esteban, “lleno del Espíritu
Santo y clavando sus ojos en el cielo, declaró:
“Estoy viendo los cielos
abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios”.
Esteban había firmado su
sentencia de muerte.
Tapándose todos los oídos al
oír tan horrenda blasfemia, se abalanzaron sobre el acusado, sin votar
tan siquiera la condena a muerte, lo arrastraron a las afueras de la
ciudad, y lo lanzaron a una pequeña hondonada.
Era el lugar más apropiado
para la ejecución. Arrojado Esteban violentamente, y mientras aún se
mantenía en pie, oró al estilo judío, con los brazos en alto:
“¡Señor Jesús, recibe mi
espíritu!”.
Los dos testigos principales
se quitaron los mantos para obrar con más libertad, y los entregaron al
joven que se llamaba Saulo, el cual contará después entre lágrimas:
“Cuando se derramó la sangre
del mártir Esteban, yo también me hallaba presente, y lo aprobaba, y
guardaba los vestidos de los que le mataban” (Hch 22,20).
El primer testigo tira la
primera piedra, el otro la segunda, y a continuación caía toda una
lluvia de piedras sobre la víctima, que aún dejó oír su voz:
“¡Señor, no les tengas en
cuenta este pecado!”.
Con esta plegaria en los
labios, se dormía aquel testigo de Jesús, el primer mártir de la
Iglesia.
“Se durmió”. ¡Qué expresión
tan bella de los fieles, recogida en los Hechos de los Apóstoles! Nada
de morir. El cristiano no muere, se duerme para despertarse otra vez…
Saulo, Pablo, no pudo medir
las consecuencias de aquella muerte. Con la persecución sistemática
emprendida aquel día contra la Iglesia, ésta rompía el corsé que la
encerraba en Jerusalén, se esparció por las regiones limítrofes, crecía
cada día más, y la plegaria última de Esteban la recogía Dios
precisamente para convertir al perseguidor… |