Peregrinación a Roma en el Año Santo Paulino

 
   
  Del 23 al 26 de abril 2009
   
   

 

   
 
   
 

Día a día con san Pablo
Reflexiones de Pedro García CMF

 
 

2. Pablo y Esteban. El celoso mantenedor de la Ley

Pablo, el Pablo que admiramos y queremos tanto, avanzaba en la vida y no acababa de digerir un grave remordimiento, como lo expresa de muchas maneras en sus cartas:

“¡Yo no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios” (1Co 15,9).

“Con poderes recibidos de los sumos sacerdotes, yo mismo encerré a muchos santos en las cárceles; y cuando se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto. Frecuentemente yo recorría todas las sinagogas, y, a fuerza de castigos, les obligaba a blasfemar; rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta las ciudades extranjeras” (Hch 26,10-11)

“Fui un blasfemo, un perseguidor, un insolente” (1Tm. 1,13).

A pesar del perdón total que le había otorgado Jesús, no olvidaba Pablo la tragedia que él desató -al menos fomentó- en la Iglesia naciente, como lo vamos a ver ahora.

Al principio, la Iglesia de Jerusalén vivía en una gran paz, aunque los apóstoles fueran llevados alguna vez a la asamblea de los judíos, el Sanedrín, encarcelados y azotados… Pero la cosa no pasaba de ahí.

Lucas nos describe idílicamente la vida de la primitiva Iglesia de Jerusalén.

“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y un sola alma”.

“Todos se reunían con un mismo espíritu en el Templo dentro del pórtico de Salomón, y el pueblo hablaba de ellos con elogio, aunque ninguno se metía entre ellos”.

“También una buena cantidad de sacerdotes iba aceptando la fe” (Hch 4, 5 y 6).

Estos sacerdotes no pertenecían a los sumos sacerdotes del Sanedrín ni tenían altos cargos en el Templo, sino que eran levitas sencillos, los sacerdotes de menor categoría, los “Pobres de Yahvé” que esperaban el Reino de Dios. Y no era raro que entre los creyentes hubiera muchos fariseos de buena voluntad.

Hasta que un día saltó la chispa de la discordia entre los creyentes y no creyentes griegos venidos de la diáspora.

Porque la Iglesia de Jerusalén no estaba formada solamente por judíos palestinos, sino por otros muchos venidos de fuera.

Estos judíos griegos o helenistas tenían sus sinagogas propias, como los Libertos, los Alejandrinos, los Cirenenses, los de Cilicia y demás…

Los helenistas que habían abrazado la fe eran los mayores contribuyentes del crecimiento de la Iglesia, que iba ganando cada vez más adeptos, muy fieles a Dios, pero también muy libres respecto de las costumbres judías mantenidas por los escribas y fariseos.

Uno de estos fieles helenistas era el diácono Esteban, gran conocedor de la Biblia, predicador elocuente, dotado por el Espíritu Santo con el don de milagros.

Pablo pertenecía a la sinagoga de los judíos griegos de Cilicia.

Con sus propios ojos veía cómo crecía tan peligrosamente aquella secta de los discípulos de Jesús el Nazareno, crucificado, y, por lo mismo, un maldito de Dios según la Biblia (Dt 21,23), y del que decían que había resucitado.

Era cuestión de tomar cartas en el asunto, y los ojos de todos se dirigieron antes que a nadie a ese Esteban que realizaba tantos prodigios (Hch 6,8-15; 7,1-60; 8,1-3).

Lo citan a discusión judíos de aquellas sinagogas griegas, entre ellas la de Cilicia, la de Pablo, “y se pusieron a discutir con Esteban; pero no eran capaces de enfrentarse a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba”.

Los judíos de esas sinagogas griegas, se dicen:

-¿Qué hacemos? Con éste no vamos a poder, aunque tenemos que acabar con él, el más peligroso de todos. ¿Por qué no lo llevamos al Sanedrín?...

-Sí, sería lo más acertado. Pero hay que acudir con una acusación concreta. ¿Por qué no escogemos a dos, que vayan y depongan en el proceso? Podrían decir, por ejemplo: “Hemos oído a éste pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”…

Efectivamente, así se hizo. Amotinan primero al pueblo, el cual arrastra a Esteban hasta el Templo donde se había reunido el Sanedrín.

¡Y declararon los falsos testigos igual, igual que en aquel proceso de Jesús ante Caifás, el mismo sumo sacerdote que preside hoy!:

“Este hombre no para de hablar contra el lugar santo y contra la Ley, pues le hemos oído decir que Jesús, ese Nazareno, destruirá este Lugar, este Templo, y cambiará las costumbres que Moisés nos transmitió”.

La acusación era gravísima. Los del Sanedrín y todos “clavaron los ojos en Esteban y vieron su rostro como el rostro de un ángel”.

El acusado improvisó el discurso de su defensa, trayendo toda la historia de Israel, pues, igual que Pablo, se sabía la Biblia de memoria.

Todos callaban, aunque se recomían por dentro, pues adivinaban hacia dónde se dirigía.

Y no se equivocaban. Al llegar a Jesús, se descolgó Esteban con una terrible acusación:

“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Igual que vuestros padres, así sois vosotros. Ellos mataron a los profetas que anunciaron la venida del Justo, de aquel que ahora vosotros  habéis  maldecido y asesinado”.

No podía el Sanedrín con su rabia al verse acusado de la muerte de Jesús.

Arman todos un barullo enorme, y llega al colmo su furor cuando Esteban, “lleno del Espíritu Santo y clavando sus ojos en el cielo, declaró:

“Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios”.

Esteban había firmado su sentencia de muerte.

Tapándose todos los oídos al oír tan horrenda blasfemia, se abalanzaron sobre el acusado, sin votar tan siquiera la condena a muerte, lo arrastraron a las afueras de la ciudad, y lo lanzaron a una pequeña hondonada.

Era el lugar más apropiado para la ejecución. Arrojado Esteban violentamente, y mientras aún se mantenía en pie, oró al estilo judío, con los brazos en alto:

“¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!”.

 Los dos testigos principales se quitaron los mantos para obrar con más libertad, y los entregaron al joven que se llamaba Saulo, el cual contará después entre lágrimas:

“Cuando se derramó la sangre del mártir Esteban, yo también me hallaba presente, y lo aprobaba, y guardaba los vestidos de los que le mataban” (Hch 22,20).

El primer testigo tira la primera piedra, el otro la segunda, y a continuación caía toda una lluvia de piedras sobre la víctima, que aún dejó oír su voz:

“¡Señor, no les tengas en cuenta este pecado!”.

Con esta plegaria en los labios, se dormía aquel testigo de Jesús, el primer mártir de la Iglesia.

“Se durmió”. ¡Qué expresión tan bella de los fieles, recogida en los Hechos de los Apóstoles! Nada de morir. El cristiano no muere, se duerme para despertarse otra vez…

Saulo, Pablo, no pudo medir las consecuencias de aquella muerte. Con la persecución sistemática emprendida aquel día contra la Iglesia, ésta rompía el corsé que la encerraba en Jerusalén, se esparció por las regiones limítrofes, crecía cada día más, y la plegaria última de Esteban la recogía Dios precisamente para convertir al perseguidor…

 

 

 
 

Las cosas de san Pablo

   
 

¿Alguna vez pensaste si Pablo tenía tiempo libre?

 

 

 

 

Muchas veces, nos damos cuenta de repente que nos pasamos la vida queriendo ganar tiempo. Y ganamos así una gran cantidad de tiempo: ¿De qué nos sirve ese tiempo? ¿Cuánto tiempo dedicamos a las personas que están cerca de nosotros? ¿Y cuánta alegría y placer experimentamos en nuestro trabajo viviendo ese tiempo plenamente? Miremos la vida de Pablo, su tiempo y cómo lo vive con intensidad, sin apuros y sin estrés, compartiendo sus horas libres con amigos.

En la Carta a los Tesalonicenses, el Apóstol Pablo, escribe:

“Que sea para vosotros una cuestión de honra el vivir en paz, ocupándose de lo propio y trabajando con vuestras propias manos, conforme os he recomendado. Así llevaréis una vida honrada a los ojos de los extraños y no pasaréis necesidad de nada” (1Tes 4,11-12).

Del apóstol Pablo, todos tenemos tanto que aprender y este es el objetivo del Año Paulino: aprender de San Pablo la fe, aprender de él quién es Cristo, aprender de él cómo es el camino para una vida plena.

La ciudad de Corinto le ofrece a Pablo un tiempo largo de estadía, hace tiendas y pasa los sábados en las sinagogas. Allí, como maestro, discute y predica. El tiempo libre: tiene que emplearlo en atender las urgencias, porque llegan los problemas, las herejías, en algunas partes no entendieron bien lo que dijo y hay confusión, se producen escándalos y algunos tienen miedo a la parusía cercana. Es precisamente desde Corinto que Pablo escribe la primera Carta a los Tesalonicenses invitándolos a vivir en paz desarrollándose a través de su trabajo, llevando una vida honrada. Es también en Corinto donde tuvo la suerte de encontrar a Priscila y Aquila, en cuyo taller trabajaba haciendo tiendas de campaña (cf Hch 18,3). Pablo no tenía un taller propio con clientela estable, sin dudas que el taller de tiendas de campaña era también un lugar de conversación. Ciertamente los amigos iban a buscarlo allí para encontrarse con él y él compartía con ellos su tiempo libre. Llegaron a conservar como recuerdo los pañuelos y lienzos que Pablo usaba en el trabajo (Hch 19,12).

Es interesante descubrir que Pablo, como buen comunicador, dedicó también su tiempo libre a escribir, por ejemplo cuando estuvo preso escribe la Carta a los Filipenses y a los Efesios, por eso les dice: “Yo, Pablo, estoy preso por Cristo Jesús” (Ef 3,1). Así se mantenía en contacto con sus comunidades.

Durante los viajes, Pablo mantenía ese contacto a través de distintas personas, como por ejemplo Timoteo (1Tes 3,2-6), y a partir del segundo viaje, se mantenía en contacto escribiendo las cartas. Pedía que sus cartas fueran leídas en las reuniones de la comunidad (1Tes 5,27) y que fuesen enviadas también a las demás comunidades: “Una vez que hayan leído esta carta, háganla leer también en la Iglesia de Laodicea” (Col 4, 16).

En Éfeso Pablo enseña diariamente en la escuela de un hombre llamado Tirano (Hch 19,9). Una tradición muy antigua informa que esta enseñanza diaria se hacía entre la quinta y décima hora, esto es, entre las once de la mañana y cuatro de la tarde. O sea, durante la hora del almuerzo y del descanso. Pablo sólo tenía unas horas libres para anunciar el Evangelio. La enseñanza de Pablo encuentra respaldo en el testimonio de su vida, “Recuerden hermanos nuestro trabajo y nuestra fatiga cuando les predicamos la Buena Noticia” (1Tes 2,9).

Pablo nos enseña hoy a respetar el propio tiempo para “vivir en paz, ocupándose de lo propio y trabajando con las propias manos” como dice a los Tesalonicenses. Significa perder un poco más de tiempo en cada cosa, someterse a ese tiempo, vivirlo intensamente sin estrés. La vida es una sucesión de tiempos, pero realizar muchas actividades implica dejar de lado la calidad individual de cada cosa.

 Y concluimos con este interesante “diálogo” que mantiene el filósofo Séneca, nacido cuatro años después de Cristo, con Paulino, hombre público de la época:

“Habiendo llegado a lo último de la edad humana, teniendo cerca de cien años o más, ven acá, llama a cuentas a tu edad. Dime, ¿cuánta parte de ella te consumió el acreedor, cuánta el amigo, cuánta la República y cuánta tus allegados, cuánta los disgustos con tu mujer, cuánta el castigo de los esclavos, cuánta el apresurado paseo por la ciudad? Junta a esto las enfermedades tomadas con tus manos, añade el tiempo que se pasó en ociosidad, y hallarás que tienes muchos menos años de los que cuentas.

Trae a la memoria si tuviste algún día firme determinación, y si lo pasaste en aquello que lo habías destinado. Qué uso tuviste de ti mismo, cuándo estuvo en un ser el rostro, cuándo el ánimo sin temores; qué cosa hayas hecho para ti en tan larga edad; cuántos hayan sido los que te han robado la vida, sin entender tú lo que perdías; cuánto tiempo te han quitado el vano dolor, la ignorante alegría, la hambrienta codicia y la entretenida conversación: y viendo lo poco que a ti te has dejado de ti, juzgarás que mueres malogrado.

¿Cuál es, pues, la causa de esto? El vivir como si hubieras de vivir para siempre, sin que tu fragilidad te despierte. No observas el tiempo que ha pasado, y así gastas de él como de caudal colmado y abundante, siendo contingente que el día que tienes determinado para alguna acción sea el último de tu vida. Temes como mortales todas las cosas, y como inmortales las deseas. Oirás decir a muchos que llegando a cincuenta años se han de retirar a la quietud, y que el de sesenta se jubilará de todos los oficios y cargos. Dime, cuando esto propones, ¿qué seguridad tienes de más larga vida? ¿Quién te consentirá ejecutar lo que dispones? ¿No te avergüenzas de reservarte para las sobras de la vida, destinando a la virtud sólo aquel tiempo que para ninguna cosa es de provecho? ¡Oh cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se quiere acabar! ¡Qué necio olvido de la mortalidad es diferir los santos consejos hasta los cincuenta años, comenzando a vivir en edad a que son pocos los que llegan!” (texto citado en “Pierda tiempo, viviendo despacio transcurre la vida” de Ciro Marcondes Filho, Ed. San Pablo, 2006).

Hna. María de la Paz Carbonari, ddm

 

 

 

 

 

Parroquia de San Pablo - Burgos